Un mercader de las calles colintantes

La Feria de Tristán Narvaja: el orden del caos

Hay un millón y medio de habitantes en Montevideo y por lo menos medio millón están aquí metidos, en la feria de Tristán Narvaja.

Quizás no tantos. Pero hay mucha gente.

Un hombre solapa el sonido de los mercaderes. Pisa con fuerza un pedal. El pedal mueve con fuerza una baqueta, y la baqueta golpea con fuerza el tambor, que está sujeto a la espalda del hombre. En un brazo lleva otro tambor, que lo golpea con más cólera que ritmo, y en el otro brazo lleva unos platillos. Y mientras pisa un pedal, revienta a golpes un tambor y finiquita cada compás con un platillo, aquel hombrecillo, que no debe llegar al metro setenta de altura, da vueltas espasmódicas sobre sí mismo. El hombre acaba de tocar y se escucha algún tímido aplauso, que dura exactamente el mismo tiempo que tarda en pasar la gorra.

Hay todo lo que debería de haber en una feria: fruta, verdura, hortalizas, rollitos de primavera, trozos de pizza, arepas colombianas y mucha gente. Hay también animales: perros, periquitos, loros, gatos y hámsters, estos últimos tan pequeños que si no quieres una jaula te los pueden meter en una botella de plástico. Para llevar.

En las calles colindantes de la feria es donde comienza lo interesante. Los puestos allí emergen con irracionalidad y anarquía, con una esencia ingobernable, como si lo que hubiera allí puesto por la mano del hombre no estuviera allí puesto por la mano del hombre sino por un azar inescrutable. Es bonito que no todo en el mundo sea como un pasillo de Ikea, debidamente clasificado, etiquetado y organizado y todavía existan rincones donde puedas comprar un libro de las memorias del Che Guevara y un letrero de Coca-Cola en menos de cinco metros. Donde se deje lugar al carácter sorpresivo del caos.

Una de las calles colindantes de Tristán Narvaja
Una de las calles colindantes de Tristán Narvaja

Hay antigüedades que en muchos casos son sólo cosas viejas. Cualquier trasto de cualquier ático de la ciudad tiene cabida en la feria de Tristán Narvaja. Hay desde gramófonos hasta azulejos “vintage” para el baño. Hay también palo santo, parrillas oxidadas, un hombre vendiendo plumeros, cubiertos viejos con los que no te comerías ni un lata de atún en conserva (que por cierto, también las venden) y relojes de sol, que no dan señales de vida en los inviernos grises de Montevideo, y ahora estamos en invierno.

Tristán Narvaja te enseña que todo, o casi todo, es susceptible a ser mercadeado. Porque también venden cosas de segunda mano, desde jerséis llenos de bolas hasta botes vacíos de champú. Y uno recorre todos los puestos porque la fruta y la verdura es cara en Montevideo. Y los recorre todos porque todos tienen distintos precios. Entonces, después de hacer un recorrido de jerséis llenos de bolas, de botes vacíos de champú y de relojes de sol inútiles, uno acaba encontrando lo que había venido a comprar: unas zanahorias a 25 pesos el kilo. Por el camino habrá esquivado a cientos y cientos de uruguayos con sus respectivos termos y sus respectivos mates. Habrá esquivado a vendedores ambulantes con tortas fritas, empanadas caseras, hamburguesas veganas y rollitos de primavera. También a unos cuantos murgueros que van con los tambores calle abajo y ponen mala cara si no lanzas una moneda.

Cuando llevaba ya las zanahorias a 25 pesos y los zapallitos a 40, unas tímidas gotas decidieron asomarse por las nubes grises de Montevideo. A cielo abierto, cansado de esquivar, con los precios bailando en la cabeza y las pizzas, los arrolladitos y las arepas colombianas bailando en el estómago, hice lo poco que uno puede hacer en estos casos: comprar un pequeño e inútil reloj de sol.

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