Tren a las Nubes

Tren a las nubes (Argentina)

Existe un ferrocarril que cruza la cordillera de los Andes en Argentina. Es uno de los más altos del mundo, a 4.200 msnm. La ciudad de Salta se ha encargado de impulsarlo, convirtiendo el evento en una experiencia turística de alto nivel. Aunque actualmente no es posible disfrutar de los 217km de recorrido en el Tren a las Nubes, por el mantenimiento de las vías. La alternativa es un bus turístico que atraviesa la puna por carretera haciendo varias paradas hasta llegar a San Antonio de los Cobres. Donde –ahora, sí– el viajero disfrutará de una hora en el tren hasta el famoso Viaducto La Polvorilla. Lo diseñó el ingeniero norteamericano Richard Fontaine Maury en 1921 y es considerado uno de los mayores logros ferroviarios del siglo XX, comparado en ocasiones con la Torre Eiffel. Curvo y sin barandas. A 70 metros sobre el lecho del río, cerca de las nubes.

La diversión completa sin almuerzo cuesta, en temporada alta, 110€ para argentinos o 130€ para los que no lo son. Los habitantes de San Antonio de los Cobres, acostumbrados al turismo desde 1972 que fue cuando se realizó el primer viaje, intentan sacar provecho de la situación, más allá de su actividad económica tradicional, la minería y la agricultura. Algunos caminan 30 km a más de 4.000 msnm, bajo un sol abrasador y un viento frío que seca los huesos. Llegan al Viaducto la Polvorilla y esperan que los turistas bajen del tren para atacar: vender todo lo que llevan. Visten a los niños con trajes regionales y ofrecen figuritas de llamas a los turistas. “Cómprame, Señor”, ruegan lo más rápido posible. Van de un lado al otro, volando, saben que disponen de poco tiempo. Las alpacas también suben al viaducto: sus dueños las sujetan de una cuerda y ellas posan disfrazadas con los turistas que previamente han pagado por la foto.

El origen del nombre “Tren a las Nubes” no reside en su altura, ni en la sensación de estar surcando en el cielo. Reside en una anécdota: en la década de los sesenta dos camarógrafos tucumanos hicieron el recorrido, y justo al llegar al viaducto la máquina frenó y soltó el vapor que, a consecuencia de las bajas temperaturas, quedó flotando varios minutos en el aire, pareciéndose a una nube. De ahí el nombre.

Cuando el tren llega al viaducto, empieza el espectáculo. Una música ensordecedora de parque de atracción llena el ambiente, los pasajeros se ponen de pie y miran abajo, sintiendo el vértigo. Entonces algunos sacan los selfie stick, o directamente el móvil, e inmortalizan ese momento, el más esperado de la visita. El acto sigue con una oda a la patria, izando la bandera de Argentina al ritmo inconfundible de su himno nacional. “¡Viva la patria!”, gritan al final algunos.

El viaducto se convierte en un mercadillo en las alturas. Los vendedores enumeran sus productos para los turistas que pasean con la cartera en la mano, buscando recuerdos: jerséis, aguayos, figuritas, llaveros. Otros vuelven al tren, agotados por el mal de altura, mascando coca, quizá por primera vez. Al final, lugareños y turistas se despiden ufanos y agradecidos por el intercambio: el cultural por el económico. Un pacto legitimado que ahí queda, bien lejos, en las alturas.

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