Pueblo de Purmamarca

Purmamarca. Bajo la sombra de Milagro Sala

Aquella era la última noche y dejamos que una nube nos envolviera mientras colgábamos las piernas en un vacío de oscuridad. Escupíamos piedras al vórtice oscuro sin que este devolviera nunca un sonido. Mirábamos al frente y había un pico. Mirábamos a los lados y no había nada, solo más montañas.

No había perros aquella vez. Estábamos en la parte más alta de Iruya, a casi tres mil metros de altura. Luego supe que el pueblo más alto de España apenas llega a 1600. Sentía los pulmones faltos de oxígeno. Teníamos los pies cubiertos de polvo y las piernas cansadas. Putas cuestas. Ahora colgaban en el aire, las piernas. Los cuatro que estábamos allí, envueltos en la nube, estábamos borrachos de vino y sentados en un saliente rocoso que hacía de mirador al final del pueblo. Iruya da tiempo para pensar, pensé.

Las montañas de Iruya
Las montañas de Iruya

Miré a Tincho, que todavía tenía la parte derecha de su cara hinchada. Es en un sitio como aquellos donde uno puede detenerse a reflexionar cómo le suceden las cosas. Aquello que había pasado en Purmamarca, la pasada semana, había sucedido de forma un tanto extraña. ¿Qué puede llegar a tener en común un anarquista, una activista kirchnerista, un puñado de policías y un chico de Capital Federal de 18 años que pasaba por allí? A veces la vida se parece a un chiste, y esta vez lo parecía, pero allí , en Purmamarca, ocurrió una cosa que daba más miedo que ganas de reírse.

Una semana antes habíamos llegado a la provincia de Jujuy. Tras un pequeño paso por su capital, San Salvador de Jujuy, decidimos emigrar directamente a Purmamarca, uno de los primeros pueblos atravesados por la Quebrada de Humahuaca (declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO), en el norte de Argentina. Llegamos en un pequeño autobús cuyo interior olía a gasolina quemada. Nadie quería cerrar las ventanas para impedir que entrara el olor porque afuera el día era de unos 30 grados. Tras una hora de viaje bajamos del autobús. Había polvo y grietas en el suelo por el estiaje de la tierra. Muchos pequeños comercios, embutidos en casas blancas que nunca pasaban de los tres metros de altura, se aglutinaban en esa calle. Los comerciantes vigilaban desde la entrada la llegada de una horda de viajeros blancos que recogían sus mochilas y formaban pequeños grupos de cinco, seis y siete personas. Gracias a ellos, a los viajeros blancos, sobrevivían en un lugar donde la escasa lluvia y fertilidad de la tierra solo daban vida a cactus y serpientes.

Atardecer en Iruya
Atardecer en Iruya

Durante el día hicimos alguna excursión, tomamos alguna cerveza en la plaza, hablamos con el promotor de un autobús que se daría la vuelta por Sudamérica, con una veintena de personas más durmiendo en el interior y en el techo. Subíamos y bajábamos por las cuestas del pueblo. Los perros nos acompañaban, fieles, sumisos, obedientes a los viajeros blancos, que siempre tenían algo que ofrecer. El pueblo estaba rodeado de cerros, destacándose entre todos ellos el Cerro de los Siete Colores. Es un conjunto de sedimentos que forman un montículo que parece haber chocado contra un arcoíris. Tiene pequeñas franjas horizontales de diversos colores de gama amoratada. Detrás de él había un cerro anaranjado, y detrás del cerro anaranjado un cerro verde parduzco, formando unos contrastes muy hermosos a la vista. Parecían los niños mimados y caprichosos de la naturaleza, exultantes de color entre un desierto de cerros amarillentos y grisáceos. Y tú, que estabas con una lata de cerveza contemplándolos, te sentías acongojado e inútil, como si al mundo no le importara que estuvieses allí, bebiendo cerveza, comprando artesanías, o lo que fuera lo que estuvieses haciendo en Purmamarca.

Aquella noche nos fuimos a dormir temprano. El día siguiente me fui a un hostel: cociné, me duché, y dormí una larga siesta hasta la noche. Una gran parte de los viajeros que se concentraban en el pueblo fueron esa noche a una peña. Las peñas son bares donde normalmente cualquiera puede ir con un instrumento y tocar para el público. La cosa funciona así. Tú compras una botella de vino en la barra, le das un trago, invitas a una persona, y esa botella nunca vuelve. La cuestión es que todo el mundo hace lo mismo, de modo que por tus manos no paran de pasar botellas de vino, de cerveza o vasos de Fernet de gente que no conoces. Todo el mundo bebía de lo de todo el mundo. Todos bailaban chacarera (un baile folklórico argentino) y repartían sus botellas, harapientos y felices. Cuando el bar cerró todos se dirigieron a la plaza del pueblo.

No habían ni pasado diez minutos cuando la policía vino a echarnos. Empujaba con mal humor, huraños, lo que era respondido con acordes de guitarra y canciones inventadas. La cosa se puso tensa. Empezaron los empujones y los forcejeos. Hubo gritos y protestas. Los policías sacaron sus porras e hicieron ademán de golpear con ellas.

Un anarquista se puso en primera fila y comenzó a proferir furioso algo ininteligible a medio metro de la cara de un policía. La gente comenzó a preguntarse qué era de su libertad. Comenzó a titilar el viejo fantasma de la dictadura. Una chica gritaba “¡mi tío es un desaparecido! ¡No puedo consentir que roben mi libertad!” Pensé entonces en Rodolfo Walsh, de cómo a él le costó la vida denunciar los abusos del régimen militar de Videla, y miraba aquellos muchachos, enfurecidos porque no les dejaban tomar unas cervezas en la plaza, y pensé que un buen revolucionario solo es bueno si es buena su causa. El caso es que la policía comenzó llevarnos como a un rebaño por una calle aledaña a la plaza. Los chicos comenzaban a irse por esa misma calle, seguidos a unos metros por ellos. Cuando parecía que todo volvía la calma, Tincho comenzó a quedar rezagado, junto a los policías, que se lo tomaron como un desafío y comenzaron a rodearle. El grupo que iba delante se dio la vuelta para sacarlo de la encerrona. La policía retrocedió y, cuando estaba retrocediendo, una botella de cristal se alzó por el cielo de Purmamarca, cayendo a los pies de un policía. Hubo algún grito e insulto más, pero allí se acabó todo. Llegamos hasta arriba de la calle y yo me despedí. De nuevo me esperaba la cama del hostel.

Pueblo de Purmamarca
Pueblo de Purmamarca

Me acerqué al camping a la mañana siguiente. Allí volvía a estar el anarquista, hablando con dos chicas jóvenes. Comenzamos a recordar lo que había sucedido la noche anterior. Estaba jolgorioso y se jactaba de haber sido él el que había tirado la botella. “Yo vi que casi atrapaban al otro pibe. Y bueno, tenía una botella en la mano. Pues para allí que va”. Decía entre risas. Lo llamaban La Mancha y debía rondar los 40 años. Le faltaban los cuatro incisivos centrales y hablaba guturalmente, de modo que costaba entenderlo. Mientras hablaba con él, o mientras él hablaba y yo hacía esfuerzos titánicos para entenderlo, aparecieron Tincho, Mati, Feli y otro chico. Íbamos a ir a un lago que había a dos kilómetros de distancia. Un pequeño oasis entre tanta sequedad y desierto, así que cogimos algunas cosas para el camino y partimos hacia allí.

El pueblo estaba tranquilo. Había mantas y bolsos de colores colgando a la entrada de las tiendas. Había también estatuillas de algún dios desconocido. Los viajeros daban vueltas alrededor de la plaza, exuberante de mercadillos. Una señora, que se sentaba ahí cada tarde, gritaba a su llama, excitada e inquieta por el tumulto de viajeros que iban y venían, que la acariciaban y se hacían fotos con ella. Cogimos la ruta 52, dejando todo eso a nuestras espaldas. Yo iba al lado de Tincho. Mati, Feli y el otro chico, nos seguían. Íbamos mirando los cerros. Algunas piedras se desprendían y bajaban rodando hasta aparecer en el medio de la carretera. Cuando llevábamos una media hora caminando, una camioneta de policía se detuvo a unos 20 metros enfrente nuestra. De ella se bajaron cuatro policías. Reconocí a uno de ellos, que estuvo la noche anterior en el altercado. Era un hombre chato, con la cara redonda e hinchada como si hubiera dormido 16 horas seguidas o inyectado dos litros de cortisona. Se acercó a nosotros señalando a Tincho, y diciendo “eh tú, ¡Flaco!, ¡ven aquí flaco!”. En un segundo se abalanzó hacia él y le propinó dos puñetazos, uno en el pómulo y otro en el labio. Intentamos separar al pequeño hombrecillo, que estaba dispuesto a pegar más a Tincho. Los otros tres policías sacaron sus porras e hicieron ademán de pegarnos con ellas. Los tres chicos —que no estuvieron la noche anterior y no sabían nada de lo ocurrido— pidieron explicaciones. El policía chato me golpeó con la punta de la porra en el pecho, como si me estuviera señalando con el dedo, mientras decía “pregúntenle a él, él sabe por qué es esto”. Yo no abrí la boca. Redujeron entre los cuatro a Tincho, que estaba sangrando por la cara. Le pusieron de rodillas con los brazos detrás de la nuca y le esposaron. Él gritaba. Le estaban haciendo daño. Feli rogó que lo trataran con cuidado, que era solo un pibe de 18 de años. Uno de los policías se dio la vuelta y le dijo “vos aquí no sos nadie. Le vamos a meter un tiro como abrás la boca”. Feli no volvió a hablar.

Mientras le subían a la camioneta nosotros les pedíamos una orden de detención, un motivo. “¡Ustedes no pueden hacer esto!” Les gritaba Mati. El otro chico decía que era de La Cámpora y que aquello no iba a quedar así. Subieron a Tincho esposado en la parte de atrás de la camioneta y ellos subieron con él. Una vez subidos todos los policías, el hombre chato nos dijo “váyanse de aquí. No os queremos en nuestro pueblo”. El chico de la Cámpora dijo que solo querían conocer su hermosa tierra, que no querían problemas. Cuando la camioneta arrancó, el policía chato lo miró, abrió mucho sus ojos enfurecidos, puso la cara tensa, la boca entreabierta y le dijo muy lentamente “vos tené cuidado. A vos le vamos a hacer desaparecer”. El policía se dio la vuelta. Mientras la furgoneta se iba, Tincho nos miró con cara de miedo y dijo “nos vemos”. Lo tiraron al suelo de la camioneta, que ya comenzaba a alejarse. Los cuatro policías sacaron sus porras y vimos como le golpeaban con ellas hasta que la camioneta desapareció en la sinuosa ruta 52, que atravesaba como un fino hilo los vastos cerros de Purmamarca. El sol estaba alto y el calor provocaba ondas reverberando en la tierra.

Subimos por donde habíamos bajado, dirigiéndonos a la comisaría del pueblo. En la subida, Mati mencionó algo que yo desconocía completamente. Mejor dicho, mencionó un nombre que desconocía completamente y que lo escucharía bastante los próximos días.

— Estos están así de represores por el tema de Milagro Sala.

¿Quién era Milagro Sala? Y, sobre todo. ¿Qué tenía que ver en todo esto?

Hacía tan solo unos días, el 16 de Enero, la líder de la organización social Túpac Amaru, Milagro Sala, fue detenida por instigación a la violencia. Túpac Amaru es un asociación nacida en el seno del peronismo/kirchnerismo, en Jujuy, e inspirada en la figura de Ernesto Che Guevara, Evita Perón y del que fue uno de los incas revolucionarios más importantes de Sudamérica, el mismo Túpac Amaru, que da nombre (además de al legendario rapero americano 2Pac) a la organización.

Todo en el mundo se mueve por política y, Argentina, no iba a ser menos. Para las elecciones de Octubre del pasado año, el hasta entonces senador Gerardo Morales, del partido Unión Cívica Radical, encabezó una coalición de hasta 12 partidos políticos distintos (entre ellos el PRO, partido político de Mauricio Macri, presidente de Argentina) denominada Frente Para el Cambio Jujuy. Todos con el denominador común de ser contrarios a las ideas kirchneristas que, hasta esas elecciones, estaban gobernando en Jujuy. Gerardo Morales ganó ese Octubre la gobernación de la provincia. Una de sus primeras medidas fue la de debilitar paulatinamente la asociación barrial Túpac Amaru bajo un plan de regularización y transparencia de cooperativas, en su línea de acabar con todo rastro kirchnerista que había gobernado en la anterior legislatura.

Pero Milagro Sala es una mujer poderosa. Levantó barrios, escuelas, centros de salud, iglesias, viviendas… y esto, siendo Jujuy la provincia más pobre de Argentina, le ha conferido un gran poder a la hora de movilizar masas humildes. Tiene una gran influencia en el norte de Argentina y se estima que su organización recibe 200 millones de pesos anuales (unos 13 millones de euros) entre donaciones y ayuda estatal. Es decir, esta organización tiene más presupuesto que la provincia de Jujuy entera. Es difícil formarse una opinión al respecto. Los medios más kirchneristas hablan de una justiciera contra la pobreza y los medios de corte más macrista (predominantes en el país con Clarín y la Nación a la cabeza) hablan de Sala como la líder de una organización vinculada a la mafia, a la toma de instituciones gubernamentales, a la usurpación de terrenos, a la amenaza mediante armas de fuego (corren informaciones de que tienen registradas entre 300 y 500 armas de fuego) e, incluso, hasta a tres asesinatos. Lo que sí que es cierto, es que ninguna de las 14 causas que se le imputan han sido aún probadas por la justicia. Fue la última, la de “instigación a cometer delitos y tumultos en concurso real” (por acampar frente a la Casa del Gobierno Provincial como protesta al plan de regularización de cooperativas) la que le llevó a ser detenida este pasado 16 de Enero.

Algunas organizaciones sociales como Amnistía Internacional en Argentina pidió que se liberara a Milagro Sala, ya que su detención es exclusivamente política. Ante esta situación, desde el 16 de Enero, los miembros y afiliados de Túpac Amaru, están acampando en San Salvador de Jujuy a favor de la dirigente barrial, a la que pasadas las semanas en la cárcel, también se le ha imputado desvío de fondos públicos. El fiscal acusa a la organización social de la desaparición de 700 millones de pesos (46 millones de euros) provenientes de las arcas del estado para la construcción de unas viviendas que al parecer nunca se llegaron a construir. Es decir, Jujuy es ahora un hervidero político. Hay tensión y violencia en las calles y una evidente falta de equilibrio entre lo que se impuso hoy y lo que había ayer, entre el macrismo de hoy y el kirchnerismo de ayer, representado en la persecución de una de las mujeres con más poder político en Argentina.

Todo esto lo supe semanas más tarde, después de que varias personas metidas en organizaciones políticas desvelaran la violencia e indistinción con la que la policía reprendía cualquier acción. La situación de Milagro Sala, y la tensión que se vivía en la provincia, estaba mantenido por un hilo muy fino que hacia a las autoridades mucho más susceptibles a la represión, más aún, ante cualquiera que estuviera dispuesto a desafiar a la autoridad, aunque el que desafiara a la autoridad fuera alguien tan inofensivo como un chico de 18 años que va a viajar por el norte de Argentina, como lo era Tincho. Pero de entonces yo no sabía nada y caminaba en dirección a la comisaría, donde supuse que se estaría llevando una brutal paliza a manos de la policía.

El pueblo estaba tranquilo. Había mantas y bolsos de colores colgando a las entradas de las tiendas. Había también estatuillas de algún dios desconocido. Una señora, que se sentaba ahí cada tarde, gritaba a su llama, excitada e inquieta por el tumulto de viajeros que iban y venían, que la acariciaban y se hacían fotos con ella.

Uno de los puestos en Purmamarca
Uno de los puestos en Purmamarca

Por fin llegamos a la comisaria. Quedamos sorprendidos al ver a Billy, el propietario del camping donde nos alojábamos, en la puerta de la comisaría. Justo pasaba por ahí en el momento en el que bajaron a Tincho de la camioneta y decidió interferir como testigo de que el muchacho estaba bien y que no tendría más lesiones de las que ya aparentaba al momento de entrar en el cuartel. Nos tranquilizó y nos dijo que fuéramos a dar una vuelta, que no pasaría nada y que lo soltarían en unas horas, a las 20 de la tarde. Fuimos a la plaza. Alguien estaba con un violonchelo. Otro recitaba relatos de Cortázar. Unos hacían malabares. Y Tincho. ¿Dónde estaba Tincho?

Volvimos a las 20 a la comisaría. Todo era silencio. Salió un oficial de estómago generoso y tez morena a decirnos que el fiscal no había llegado y que nuestro amigo tendría que pasar la noche en el calabozo. “¿Y los motivos de su detención?”. No había motivos. No hacían falta motivos. Pasaría la noche en el calabozo y no había nada más que hablar.

Nos fuimos cabizbajos al camping. Todo el mundo sabía ya lo que había pasado. Billy nos confesó que iban a emplumarle por intentar agredir a un policía con una botella. ¿Quién había tirado la botella? El anarquista. ¿Y dónde estaba el anarquista? Preguntamos a la gente del camping dónde se encontraba. Resulta que el anarquista se había esfumado del pueblo en cuanto supo el paradero de Tincho. Cogió todos sus bártulos y se dirigió a Chile, en dirección a Perú, cruzando el desierto de Atacama, bien lejos.

Se formó un circulo de gente en el camping, todos con los rostros sombríos y preocupados. Circularon historias sobre la represiva policía Jujeña. Volvió a sonar el nombre de Milagro Sala. Contaron historias de muchachos que desaparecían de la noche a la mañana tras pasar por un calabozo Jujeño. Unos morían a golpes directamente. Otros aparecían ahorcados en su celda, como si hubiera sido un terrible suicidio. Algunos aparecían muertos tras caer por un cerro “accidentalmente”. Uno dijo “ahora de noche nadie te ve. Te llevan a un cerro, te quitan las esposas y te empujan montaña abajo. Aparecés muerto al día siguiente a los pies del cerro. ‘Iba chupado’, dirán. Y la cana (policía) dirá que no saben nada de ti. Basta con no inscribirte en el libro de registro de detenidos para que desaparezcas. Así, sin más. Esto aún sigue pasando en la Argentina”.

Al día siguiente la trama fue la misma. “Venid a las 14 de la tarde. Aún no ha venido el fiscal”. Y a las 14 de la tarde decían “no, todavía no puede salir. Venid a las 18”. Y así continuamente. Aquel día tampoco salió. Subí con Lucas —el mejor amigo de Tincho— al cerro de los siete colores y allí pudimos ver todo el pueblo a vista de pájaro. Nos sentamos sobre las rocas. Hicimos unas fotografías. Contemplamos en silencio Purmamarca, hasta que Lucas dijo “estoy preocupado por Tincho, ché”. No respondí. El pueblo era aún más pequeño desde allí arriba. Guardaba recelo, como si tuviera algún secreto oscuro que ningún extranjero que lo visitara fuera capaz de intuir nunca. Nos preguntamos el número de personas que tendría en invierno —¿50, 100 personas?— gobernándose por sus propias normas y costumbres, abrigadas por las montañas y la inconexión con el resto del mundo. Bajo esas montañas se estaba librando una guerra silenciosa. Las luces y las sombras de Milagro Sala también se colaban como el viento frío entre los cerros de Purmamarca. Pensé en las palabras del policía. Al fin y al cabo tenía razón. Allí no éramos nadie. Y podías correr el riesgo de llevarte un tiro si tratabas de serlo.

Cara de Tincho tras ser golpeado
Cara de Tincho tras ser golpeado

Tras pasar 48 horas detenido, sin ningún tipo de cargo, orden, prueba o sospecha, Tincho fue liberado por la policía. Solo habían dejado hacerle una visita. No le dejaron hacer ninguna llamada. No le dieron nada de comer ni de beber (nosotros le llevábamos las cosas a la comisaría). Y, si su autoridad era arbitraria, no mucho menos lo iba a ser su justicia. Le abrieron una causa por la botella lanzada hacia un policía y, otra, por resistencia a la autoridad. Al final le dejaron en la calle, con el ojo y el labio hinchado y con cardenales por todo el cuerpo. Fumó un cigarrillo. Respiró profundamente el aire. “Guacho, pensaba que no me iban a soltar nunca”. Cuando acabó el cigarrillo nos fuimos hacia el camping. Al parecer la policía había hecho una redada en él, registrando las tiendas y las mochilas de todo el mundo, incluso de aquellos que no estaban presentes. Nosotros cogimos nuestras cosas. Alguna mochila estaba abierta por el registro de la policía. Aquel día decidimos marcharnos a Iruya —provincia de Salta—, bien lejos de aquel pueblo, el más hostil del viaje. Nos colocamos la mochila en la espalda y nos despedimos de Billy. Mientras caminábamos hacia el autobús tuve la impresión de que sin él esta historia hubiera terminado de forma muy distinta. Llegamos a la calle donde estaba la estación. Los comerciantes vigilaban atentamente desde la entrada de sus tiendas. Las hordas de viajeros blancos seguían llegando en autobuses con olor a gasolina quemada, colgaban las mochilas en sus hombros y comenzaban a caminar en busca de aquel lugar, del que se decía que había un arco iris en medio del desierto.

 

Deja un comentario