Mal de Chagas

Un mal llamado Chagas

En la ruta 16, que atraviesa la provincia argentina de El Chaco, no paran de verse hierbas bajas y secas. Hierbas que crujirían como una Ruffles de Jamón si alguien las pisase. Pero lo cierto es que no parece que nadie tenga ningún interés en pisar esas hierbas. Casi todo el Chaco es un secarral enorme aderezado con algún que otro algarrobo. Más adelante hay soja, soja que brota por todas partes, y una carretera que se pierde en el horizonte y que cruza pueblos con nombres que invitan al suicidio: Pampa del infierno, Río Seco, Monte Quemado.

Quitilipi está a 148 kilómetros de la ciudad de Resistencia, hacia el oeste, en dirección a Salta. Esperamos en la estación de servicio. Por allí ahora aparece un perro sucio. Tiene en la garganta algo que parece o un tumor o una pelota de tenis. Enorme. Y además es pesada, lo que hace que la garganta se le estire y se parezca a un pelícano. En unos minutos llegará la enfermera —Lorena Cobo— que trabaja en una de las zonas más afectadas del Chaco por el Mal de Chagas, una enfermedad ligada a la pobreza y que afecta según la OMS a seis millones de personas en todo el mundo, casi todas ellas en América Latina.

Argentina es el país con más enfermos según Coalición de Chagas. Se lleva una quinta parte de los enfermos totales en el mundo —1 millón y medio— y está por encima de Brasil, con una quinta parte de su población —40 millones frente a 200. Para luchar contra esta enfermedad, Argentina dispone de un Programa Nacional de Chagas (PNCh) que fue iniciado en 1961 y que está presente en todas las provincias del país.

La enfermera Lorena Cobo llega y vamos juntos hasta las comunidades originarias QOM, que se encuentran entre Quitilipi y Pampa del Indio. Es todo el paisaje una gran alfombra cubierta de arena y polvo. No encontramos a nadie en el camino. Las comunidades Qom están literalmente en medio de la nada. Somos un torbellino en pleno arenal. Parece que la enfermera se pierde. Se detiene en el camino y escudriña el horizonte porque la única forma de no perderse es cogiendo un árbol o alguna planta de referencia. Tras un largo rato de silencio parece que da con el camino. Llegamos a una casa de ladrillo, bajo un sol furioso a esta hora del mediodía. Allí está esperando la bióloga, Paula Sartor, coordinadora del Plan Nacional Antichagas en el Chaco.

Domingo con su familia en su casa
Domingo con su familia en su casa

La cosa funciona así. Hay un insecto, llamado Vinchuca, que habita en las casas de adobe. Por eso se dice que la enfermedad que transmite es una enfermedad clasista, que afecta principalmente a las clases bajas. Cuanto más adobe tenga una casa, más en riesgo está la familia que vive dentro de contraer la enfermedad. La vinchuca, un animal que se alimenta de sangre, puede picar en cualquier lugar del cuerpo. Mientras extrae la sangre, defeca en la herida, para dejar espacio en su estómago y poder ingerir más sangre. Cuando el afectado se rasca la picadura que dejó el insecto, este excremento, con el parásito Tripanasoma Cruzi, entra en el torrente sanguíneo, produciendo al final la tripanosomiasis americana (Mal de Chagas), una enfermedad parasitaria y silenciosa que afecta lentamente el sistema cardiorrespiratorio. Una vez infectado, puede incubar en silencio hasta que años o décadas después se presenten desórdenes neurológicos, causando la muerte. Los contagiados tienen la posibilidad de que en pocos años sufran infartos que acaben con su vida sin ni siquiera saber que tienen la enfermedad. Hay falta de interés por curar el Mal de Chagas desde las instituciones, pero también por los propios afectados. La OMS la sitúa entre las 13 enfermedades tropicales más desatendidas del mundo. “Es difícil que los afectados presten interés a esta enfermedad, que es silenciosa y a largo plazo. Tienen otras necesidades. ¿Cómo se van a preocupar por esta enfermedad si ni siquiera tienen agua en sus casas?”, asegura la bióloga, Paula Sartor.

Y es cierto. Cuando llegamos solo hay unos pocos miembros de la comunidad. Y es cierto. En casi ninguna de sus casas hay agua.

—Ahora a la gente recién se le ha abierto el paraguas. Pero no sé dónde están. Yo avisé a todo el mundo— dice Domingo, un referente de la iglesia evangelista en la comunidad.

A cuentagotas van llegando algunos miembros de la comunidad. Se sientan, escuchan, aguardan. Todos tienen Mal de Chagas. Y todos se quieren curar. La bióloga les explica: deben tomar muestras de las vinchucas que viven en su casa. Necesita llevarlas a las autoridades para verificar que la vinchuca recogida es una de las dieciséis que transmiten la enfermedad. “En este caso, si las autoridades consideran que la casa está infestada, les construyen otra con ladrillos y desinfectan la zona”, cuenta Paula Sartor. Por eso Domingo no tiene una casa de adobe. La tiene de ladrillos. “¿Han traído muestras esta semana, tal y como les pedí?”. Las mujeres agachan la cabeza, el último hombre en llegar niega solemne. “Yo, sí”, contesta Domingo, que atrapó una en el gallinero situado en su jardín. Su mujer se levanta, entra a la casa y sale con un bote en las dos manos. Paula Sartor lo abre y lo muestra a los presentes. Es una de las dieciséis que transmiten Mal de Chagas. Esta es la más común, y ha puesto huevos y algunos nacieron. Corretea por el plástico e intenta salir. Su caparazón es negro, con partes amarillas y puntitos. A simple vista, parece un escarabajo inofensivo, adorable. La bióloga cierra de un golpe el envase.

La bióloga mostrando la vinchuca que capturó Domingo
La bióloga mostrando la vinchuca que capturó Domingo

La Lorena Cobo toma la palabra y advierte severa a los miembros de la comunidad.

—Es importante que presten atención. Podemos curar a sus hijos, porque existe un tratamiento. Ustedes no pueden llegar al hospital, no pueden ir cuatro personas en una moto, aunque sé que muchos lo hacen… por eso estamos acá. Para ayudar.

El Mal de Chagas se puede curar… hasta los veinte años. A partir de ese momento, medicarse puede conllevar graves secuelas y además, contra antes, el tratamiento es más efectivo. Por eso insiste la enfermera.

El hombre arrugado —el más mayor— que parecía dormido, levanta la cabeza y dice: “A mí la otra noche me picó algo”. Los demás callan. “Pensé que podía ser un mosquito, pero no me rasqué. Puse alcohol y ardía. Ardía, ardía, pero no rasqué”. Se justifica ante las sugerencias de las cooperantes: que no se rasquen, que nunca se rasquen. El hombre arrugado muestra la herida de su brazo arrugado, la de su picadura.

Una mujer de la comunidad asiste con su hija a la reunión
Una mujer de la comunidad asiste con su hija a la reunión

Aprovechando unos segundos de silencio el último en llegar dice lo que todo el rato había querido decir. Que su hija está enferma y que están aislados. No tienen luz, ni —como la mayoría en la comunidad— agua. El único pozo se encuentra en la única escuela de la zona. Y solo la directora tiene las llaves y el poder de repartir el bien preciado. La necesidad del agua se impone a la necesidad de curar el Mal de Chagas.

—¿Fumigaron su casa?
—Nunca.
—¿Crees que pueden haber vinchucas?

Y dice sí. Y cuenta que por la noche, cuando las velas se funden, los insectos salen de las paredes y recorren sus cuerpos, insistentes, picando. Cree que la familia entera tiene Mal de Chagas.

—¿Hay muchas?
—Miles.

Paula Sartor y Lorena Cobo preguntan si alguien tiene dudas —todos niegan— y comunican que volverán para realizar análisis a los más pequeños y para reunir las muestras de vinchucas que deber recoger. Los miembros se despiden, dando las manos y las gracias a las cooperantes. Ya en la puerta, en la salida, alguien grita “¡tarántula!”. El hombre arrugado gira sobre sí mismo y coge el primer palo que encuentra resistente y, absorto, corre hacia la araña y le propina un golpe seco, eléctrico —craas—, y cae desplomada. “Luego se meten en las casas y en nuestra comida”, aduce el hombre arrugado, mostrando su sonrisa desdentada y recolocándose con victoria la gorra. Las cooperantes caminan consternadas hacia la salida.

La ruta 16 sigue con hierbas bajas y secas. Hierbas que crujirían como una Ruffles de Jamón si alguien las pisase. Pero nadie tiene ningún interés en pisar esas hierbas. Vemos la escena que pasa a un plano general borroso, por la temperatura, por el clima. Los miembros de la comunidad QOM nos miran desde la puerta, hieráticos, graves, congelados, pese al calor. Quizá piensen en la charla con las cooperantes o en las vinchucas, el Mal de Chagas. En la tarántula, que ahora yace cadáver, o en sus hijos, donde sea que estén. O en la falta de agua, escasez de comida. O en cualquier otra cosa. Quién sabrá.

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