Niños de Asunción

Las calles de Asunción vuelven a ser de la gente

Asunción es ahora una ciudad tragada por el fuego. El sol cae entre los edificios y lo que eran oficinas y actividad propia de una capital ahora es toda una inmensa sombra. Toda la ciudad parece que se apague excepto la costanera. En el río hay suciedad y mala planificación, por eso todos están con calor pero no hay nadie bañándose. La gente pasea tímida, como si hubieran estado durante muchos años sin ver el cielo y las nubes y, un buen día, decidieran salir a la calle a disfrutar del aire, con cierto miedo, como si fuera temporal y quebradizo.

Solo hace tres años que se construyó la costanera de Asunción. Antes era un puñado de malas hierbas cubriendo un río sucio. La zona estaba adueñada por un barrio marginal, llamado La Chacarita, que ahora se ha desplazado un kilómetro hacia el oeste. Es algo nuevo para los asunceños; los lugares públicos; las zonas comunes; salir a la calle.

Hubo un tiempo donde en Asunción “la calle era de la policía”. Eso mismo dijo el que era ministro de educación en tiempos de Stroessner, Carlos Ortiz Ramírez, después de una fuerte represión policial contra una manifestación pacífica. Puede que esa sea una de las razones por las que en Asunción es difícil encontrar a gente en la calle. Poco se habla de la dictadura de Stroessner y sin embargo fue la que más años duró en América Latina. De 1954 a 1989, Paraguay era una tierra quieta y miedosa gobernada por un solo partido. Las personas desaparecían y sus nombres también desaparecían con ellas. Solo desde el lado argentino se oían algunas voces aclamando esos nombres, hasta que en el lado argentino llegó Videla, y entonces esos nombres volverían a silenciarse y no se aclamarían hasta dieciséis años después. Para entonces el régimen dejó una sociedad más bien sorda y apática, afiliada al partido y acostumbrada a olvidar.

Veintisiete años después parece que Paraguay recuerda. Se despierta de un prolongado letargo. Tan solo hace cuatro meses, el Equipo Argentino de Antropología Forense encontró los primeros cadáveres de los dos mil desaparecidos —oficiales, se sospecha que hubieron muchos más— que hubo durante el régimen. Uno es de una italiana nacionalizada argentina a cuya decencia no vino a rescatar nadie, Rafaela Filipazzi. El otro es de Miguel Ángel Soler.

Un "cartonero" descansando en la costanera de Asunción
Un “cartonero” descansando en la costanera de Asunción


Ahora su hijo está en la costanera, junto a una mujer. Su hijo ya es un hombre mayor y antes de que le interrumpamos escudriña el río. Tiene su mano izquierda apoyada sobre un bastón y ambos, la mujer y él, interrogan silenciosamente el agua turbia de Asunción. “Mi padre era Miguel Ángel Soler, Secretario General del Partido Comunista en tiempos de Stroessner. Desaparecido en 1975 y cuyo cuerpo ha sido recientemente identificado”. Nos cuenta que él estuvo viviendo durante casi toda su vida en Posadas, Argentina. Ahora estaba en Asunción desde hacía dos meses, y pensaba quedarse. Lo dice como si encontrar a su padre fuera la primera fase del perdón, pero no la última. Quiere darle una oportunidad a Paraguay, pero dice que aún se sienten perseguidos.

“Y vosotros también tuvisteis lo vuestro con Franco”. Y sí, tuvimos lo nuestro. De hecho, Franco y Stroessner tenían una relación cordial, hasta tal punto que se dice que el dictador español regaló niñas al dictador paraguayo, conocido por su pedofilia y por utilizar esclavas sexuales que no superaban los dieciséis años de edad.

Recientemente, también se encontraron los llamados Archivos del Terror. Son miles de documentos que muestran las formas de control y perversión de la dictadura paraguaya. Hallados por un activista de Derechos Humanos Paraguayo, Martín Almada, tienen una vital importancia porque desvelan la implicación estadounidense en todas las dictaduras del Cono Sur (Chile, Paraguay, Argentina, Uruguay, y luego Brasil y Bolivia) y la cooperación entre ellas para frenar el avance del comunismo en un contexto histórico de Guerra Fría: un operativo denominado Operación Cóndor.

El caso es que en Asunción la gente comienza a salir a la calle. Algunos represaliados, como Jorge Soler, vuelven después de décadas a vivir en Paraguay. Se quitan las legañas de un recuerdo lejano y preguntan “¿qué ha pasado aquí?”. Ahora en la costanera salen hasta la noche. Hoy dicen que la luna será la más grande en los últimos 68 años y hay apasionados de la astronomía con telescopios, parejas que miran el cielo agarradas del brazo, hombres que se ganan la noche vendiendo chipás, palomitas y garrapiñadas, jóvenes que beben caña de azúcar y se entretienen más mirando a las mujeres que a la misma luna, que ahora ya está enorme, redonda y rojiza.

Jorge Soler nos da su contacto, para que hablemos otro día más livianamente. Pero ese correo que mandaríamos días después jamás sería contestado. Quizás ese hombre no está muy puesto en las tecnologías. O quizás está ocupado viendo como Paraguay renace de forma tímida y sosegada. O yendo cada atardecer a la costanera, a ver el río sucio de Asunción ahora que por fin, 27 años después, desde que cayera el muro de Berlín y el mundo pasara a ser otro, la calle por fin dejó de ser de la policía.

 

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