Teatro Ciego

Ver sin ver: experiencia en el primer teatro ciego del mundo

Acostumbrarse a la oscuridad es difícil y crea ansiedad. Emergen lucecitas en los ojos, se magnifican los sonidos, se afila el olfato. Y te sientes vulnerable y frágil. Te sientes desubicado. Esto es lo que sucede en el Teatro Ciego, el único del mundo en el que todos los espectáculos se desarrollan en total oscuridad. Situado en una esquina del barrio de Balvanera —uno de los 48 que constituyen la ciudad de Buenos Aires— abrió sus puertas en 2008 implementando una técnica de meditación zen a oscuras originada en Oriente. Aunque realmente la primera obra de Teatro Ciego, “Caramelo de Limón”, se estrenó en Córdoba (Argentina) años atrás, utilizando la mencionada técnica. En el teatro trabajan hoy setenta personas, de ellas un 40% con ceguera o baja visión, que llevan a cabo diez propuestas para distintos públicos y gustos.

Los espectadores de la anterior obra salían de la sala aturdidos por la luz. Nosotros, desde la entrada, los mirábamos con intriga esperando un turno que no tardó en llegar. Los actores nos dieron indicaciones concisas: teníamos que poner las manos en los hombros del desconocido de delante y caminar en fila india hasta el agujero negro, la entrada del Teatro Ciego donde íbamos a ver —sin ver— un thriller detectivesco llamado Babilonia FX. Algunos, mientras avanzaban, giraban y miraban al de atrás. Y todos teníamos la risa nerviosa de quien sabe que se aproxima algo nuevo. El cosquilleo del que está a punto de desvirgarse.

Dentro los guías nos tocaban con los brazos y señalaban dónde teníamos que sentarnos y, a tientas, comprobábamos con nuestras manos la estructura de la silla para poner el culo. Era raro: estábamos todos, pero no nos veíamos ninguno y suponíamos que debía haber un escenario, pero no sabíamos ni cómo era ni qué había en él.

Acostumbrarse a la oscuridad es una tarea individual que crea ansiedad.

Elenco Babilonia FX
El elenco del Teatro Ciego que actúa en Babilonia FX

Cuando ya estábamos sentados, empezó a sonar la música. Muy alta. Música, tráfico en la ciudad, neumáticos de coches pasando sobre charcos. El volumen estaba tan alto que, en estos casos, el cerebro —desacostumbrado a tantos decibelios— suele entrar en un estado de congelación, de colapso. Y sólo te quedan dos opciones. O abandonarte, respirar hondo y dejarte llevar por la situación presente; o taparte las orejas bien fuerte con las dos manos que, por cierto, no estaría fuera de lugar, porque si algo bueno tiene la oscuridad es que nadie ve tus acciones. Supongo que cada uno hizo lo suyo.

En el Teatro Ciego todo sucede en vivo. Un hombre nada en una piscina y te salpica el agua. De repente alguien hace café y se oye la máquina coincidiendo con el olor de la bebida recién servida. Llueve y te mojas. Se abre la puerta de un coche: la del piloto, pum, la del copiloto —más lejos— pum. Se oye teclear a periodistas agitados en la redacción de un periódico. Alguien choca con tus piernas. El equipo del Teatro Ciego consigue que te olvides de la vista y te centres en todos tus otros sentidos. Y en la imaginación es donde terminan redondeándose las escenas.

La iniciativa fomenta la empatía y el trato igualitario, eliminando algunos prejuicios que entran por la vista. Literalmente. Desde ese lugar en el que no ves, percibes las escenas con otra magnitud y pierdes la noción del tiempo y el espacio. Y en este sentido, el elenco de Teatro Ciego lanzó una experiencia gourmet —que no tuvimos la suerte de probar— en la que el espectador come sin ver. O, lo que vendría a ser lo mismo, no ve lo que come. Una perturbación para los sentidos.

Acostumbrarse a la oscuridad es agradable cuando superas la fase de ansiedad.

La obra, Babilonia FX, llegó a su fin y los espectadores —como es costumbre en todos los teatros— aplaudimos. Se encendieron las luces gradualmente y nos vimos los rostros. Descubrimos la distribución del patio de butacas y la ubicación del escenario. Nos sorprendimos y apreciamos la magia del lugar. Nos levantamos y salimos aturdidos por la luz. Abriendo y cerrando los ojos. Comprobando nuestros sentidos, en silencio, saboreando la experiencia de ver con los ojos cerrados.

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