Torres-García

El artista Torres-García, líder de merchandising en Uruguay

La primera vez que vi un cuadro de Joaquín Torres-García lo confundí con un Mondrian. Cuadrículas azules, blancas, amarillas, rojas… los trazos rectos, gruesos, y negros que delimitan los otros colores… Me avergoncé un poco cuando descubrí que no era de él. Por suerte nunca lo dije en voz alta. Ni siquiera ahora. Más tarde supe que Torres-García, en algún momento de su vida, conoció a Mondrian y el estilo de éste fue una inspiración para él.

Y para mí un alivio.

Cuando llegué a Uruguay volví a ver las cuadrículas de colores con trazos negros. Dentro de sus obras estaban —y están— las figuras geométricas y primitivas que caracterizan al artista: el pez, la estrella, el ancla, la casa, el pez, el pez en todas partes. En las paredes, en las escuelas, en los mates, termos, llaveros, imanes. Días más tarde, paseando por un mercado —aquí, acá, lo llaman feria—, me di cuenta que a todo ese colorido y abundante merchandising se sumaba la famosa América invertida, probablemente la obra más conocida del uruguayo en la que proclama el Sur del continente como su propio Norte. Una exaltación de su país. Empecé a ver bolsos, camisetas, mochilas y otros objetos más intrascendentes. Me pregunté en qué momento Torres-García se había convertido en semejante líder de merchandising. Y volví a cuestionar los límites del consumismo. Y del negocio post mortem a costa de personajes reconocidos. Ya lo pensé con Kafka en Praga, Cortázar en Buenos Aires, Shakespeare en Londres.

Lo curioso es que, en realidad, Torres-García no fue tan uruguayo. Vivió veintinueve años en Cataluña y se le considera uno de los máximos representantes del noucentisme, movimiento cultural de a principios del siglo XX que defendía las características del mundo clásico: precisión, orden, serenidad, medida, claridad. Pintó los frescos para el Saló de San Jordi del Palau de la Generalitat, colaboró con Antoni Gaudí y participó en la exposición Internacional de Arte de Barcelona. Más tarde vivió en Nueva York, cuya ciudad no le apasionó y posteriormente en París. Luego regresó a España y, después sí, en 1934, con sesenta años, volvió a Montevideo donde pasó los últimos quince años de su vida.

Me imagino a Torres-García llegando al puerto de la capital uruguaya y a su gente aclamando, pidiendo autógrafos, vitoreando, lanzando objetos, derramando lágrimas. Después de esa acogida —que imagino fue apoteósica— impulsó con ahínco la Asociación de Arte Constructivo. Muchos harían lo mismo. Qué remedio. Qué presión. Tantos fans.

Tras ver la relevancia —pasada y presente— de Torres-García en el país decidí ir al museo que lleva su nombre. En mayo tuve la fortuna de asistir en Madrid a la retrospectiva de la Fundación Telefónica: “Un moderno en la Arcadia”, producida por el MOMA de Nueva York en colaboración con el Museo Picasso Málaga y la Fundación mencionada. Torres-García, ahí, me cautivó. Me impresionó su proceso evolutivo, artísticamente hablando, y sufrí una pequeña abducción viendo sus últimas obras abstractas.

Su museo en Montevideo también me sorprendió. En otro sentido. Entrar ahí fue como volver a la guardería. Y no por el estilo de sus obras —conceptual y primitivo— sino porque, literalmente, estaba lleno de niños. Gritando y jugando. Y aprendiendo, supongo. “Es que Torres-García quería que el arte se inculcara desde una edad temprana”, se justificaron en la entrada cuando salí. Porque me quejé y les sugerí que deberían advertir al visitante del panorama que va a encontrar. En este museo en concreto, y en este día de la semana en concreto, para disfrutar uno debe hacerlo con tapones y cierta agilidad física: saltar a tres niños de una sola zancada entre cuadro y cuadro no es fácil si no vas preparado. Con ropa de deporte y habiendo estirado. Después me pregunté si la vejez era eso. Ser una cascarrabias por creer que el arte debe contemplarse en silencio.

Y me sentí vieja. Y no me avergoncé.

 

Fachada en Ciudad Vieja, Montevideo
Fachada en Ciudad Vieja, Montevideo

Días más tarde, en un mercado —que aquí, acá, llaman feria— vi una libretita artesanal con la tapa de madera y la América invertida. Preciosa. Pregunté cuánto costaba. “¿A cuánto sale?”, como dicen aquí, acá. “500 pesos”, unos 16 euros. Uruguay es caro, es la Suiza de Latinoamérica, todos lo saben y yo también lo he comprobado. Ahí volví a cuestionar los límites del consumismo y del negocio post mortem a costa de personajes reconocidos. Y ante ese precio —disparatado— yo, que soy igual de catalana que Torres-García, no pude reprimir mi asombro en voz alta: “Mare de Déu”, devolví la libretita a su sitio y pensé que todo ese merchandising, por ahora, se lo dejo a los uruguayos y a otros turistas. Que a mí, como dirían aquí, acá, “no me alcanza para tanto”.

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