Control del ejército

Aquellos autobuses de Bolivia. 1/3

Es cierto. En Bolivia desaparecen ocho menores al día. Y solo se recuperan dos.

Hay diez horas de Tupiza a Sucre, pero las horas en los autobuses de Bolivia son relativas. Puede pasar cualquier cosa que aumente esta demora. Ahora la demora sucede al minuto de salir de la estación, porque desaparecen ocho menores al día, algo que además de cierto, también es preocupante. Por eso a la salida de la estación hay un control militar. Dos militares suben al autobús y gritan:

— Quien viaje con un menor que vaya preparando su documento.

Y los militares investigan el autobús. Comprueban con una linterna los pies de cada pasajero. Las madres se apresuran a darles la identificación de los niños, “es mío, es mío”. En el asiento delantero hay alguien que no lleva la identificación de su niño. “Oyeeee, ¿dónde está?”, le dice la mujer a su marido. Y aquí ya comienza la demora. Bajan a la madre al puesto militar. Le identifican. Le interrogan. Diez minutos después, a la madre le dejan subir y entonces continuamos el trayecto. Al parecer el hijo debía ser suyo.

La parte occidental de Bolivia es una sucesión de montañas. Enormes bultos de piedras lijadas se erigen al frente. La ruta es prácticamente de tierra. Estamos a finales de Diciembre y en Bolivia es temporada de lluvia y con las lluvias siempre hay desprendimientos. El problema es que en Bolivia hace meses que no llueve. Está inundada en una terrible sequía y por eso parece que los desprendimientos no suceden por ahora.

Saliendo de Tupiza nos encontramos con otro control militar. Esta vez los militares no buscan niños, sino contrabando. El autobús se detiene. Abren la carga de equipajes. Algo le dicen al chofer. Un pasajero baja del autobús. Luego baja su señora. Todos miran por la ventana. Los militares comienzan a bajar mercancía. El autobús lleva más peso en mercancía que en pasajeros. Y entonces baja otro hombre, y otra señora. De repente todo el autobús está abajo menos una señora con su hijo de unos 10 años. Todos están mirando cómo los militares sacan su mercancía del autobús. El que supongo que es el coronel mira impávido con cara de sabueso hacia el maletero. Todos ahora le rodean. Suplican. Sufren. Pero el coronel sigue mirando la mercancía impasible. Parece acostumbrado a las súplicas y a las excusas. Ya ni se molesta en justificar su aparente falta de sensibilidad.

Sin dejar de mirar, dice “ustedes ya saben que esto no se puede hacer”. Esto solo ha propiciado más suplicas de los mercaderes. “Mis galletas, mis galletas”. La chola, bien entrada en años y aún más en carnes, sufre por las galletas, que a estas alturas deben estar hechas puré. Hay mucha mercancía encima de ellas. Hay mucha mercancía por todas partes. Un militar duerme en una silla con su gorro de militar tapando su cara de militar. Un niño aprovecha la situación y comienza a subir mercancía al autobús. Sube mercancía que duplica su peso. Pasa enfrente del militar con cara de muy militar que duerme y uno piensa que si acabando de entrar en Bolivia ya pasa esto, va a ser un país muy divertido. El niño vuelve donde están todas las mercancías. Se hace el loco. Cuando el coronel no mira se pone la bolsa detrás de las piernas. Entonces hace un movimiento de lagartija y ya se ha dado la vuelta con otra bolsa. La sube al autobús. El militar duerme. El coronel insiste. “Ustedes ya sabían esto”. La chola suplica. “Mis galletas, mis galletas”. Tras dos horas de arduas negociaciones alguien dice que en su mercancía lleva sidra. “¿Sidra?”, dice el coronel. Arquea las cejas. Parece que es el inicio de un acercamiento en sus posturas. “¿Dónde está la sidra?” Una vez localizada la sidra el coronel dice que si dejan algo allí pueden seguir.

Entonces matiza.

Si dejan la sidra pueden seguir.

Hay una pequeña disputa. El comerciante no quiere dejar la sidra. Ahora todas las súplicas van dirigidas hacia él. “por favoooor, por favoooor, deje la sidra”. Al final el hombre deja resignado su sidra. El coronel está contento. Todos vuelven a subir la mercancía. La mujer y el niño que quedaron arriba se quejan. El niño grita por la ventanilla. “Apúrense, apúrense, que mi papá está en el hospital”

Dos horas después arrancamos. Es increíble la importancia que adquiere en Bolivia el pequeño comercio, cuya explicación reducida consiste en que alguien en un lugar cobre menos de lo que está dispuesto a pagar otro alguien en otro lugar. Y en esa posición intermedia, millones de familias bolivianas —niños y niñas incluidas— apiñan esos algos en autobuses que se deslizan quince o dieciséis horas por los despeñaderos de la sierra Boliviana.

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