Andrés, el último charrúa de Uruguay

Andrés, el último charrúa de Uruguay

Esta es la historia de un hombre que lleva veinte años descalzo. Lo conocimos en Valle Edén, en el interior de Uruguay, aunque él, en realidad, había nacido en el departamento de Montevideo. La primera vez que lo vimos era de noche. Caminaba a pasos largos y lentos, apoyándose en un bastón que superaba su estatura y silbando de vez en cuando a un perro que lo acompañaba. Parecía una sombra en la oscuridad, tan moreno, y ágil, y camuflado. Se paró frente a nosotros e inhaló el humo de su pipa casera. Nos preguntó si teníamos marihuana. “¿Tienen flores?”. Y fue “no”. Entonces, quizás por resignación, se sentó en la mesa con nosotros y empezamos a descubrir su historia.

Andrés, el protagonista, desde muy joven supo que su lugar estaba entre los árboles y no entre los edificios. A los diez años —ahora tiene 35— empezó a adoptar la costumbre de irse de casa para conectarse con la naturaleza. Cada vez que eso sucedía, los padres —preocupados— llamaban a los amigos de su escuela, a los familiares que vivían en los alrededores… Pero nadie sabía dónde estaba. Andrés era capaz de volver locos a todos los policías de la zona. Sin ni siquiera ser consciente de ello. Lo buscaban durante días, sin rastro nunca. Cazaba peces en el río, sabía hacer fuego y se armaba una cama con hojas y ramas. Andrés, más que sobrevivir, sabía cómo vivir bien en la montaña. Y cuando se cansaba volvía a casa por su propio pie. Con naturalidad. A los quince años decidió que ése iba a ser su estilo de vida, porque tenía algo claro: era un aborigen charrúa ancestral. Se quitó los zapatos y, sin hacerse mochila —sólo con lo puesto—, huyó de la ciudad sin intenciones de volver.

La casa provisional de Andrés mientras construye la definitiva
La casa provisional de Andrés mientras construye la definitiva

El objetivo de Andrés era encontrar el lugar donde habitaron sus antepasados. Después de mucho recorrer, catorce años ni más ni menos, llegó a Valle Edén. Se sentó exhausto en la carretera. Llevaba cuatro días en ayunas y tomó setas alucinógenas. Cuando el efecto de éstas surtió lo vio claro. La Pachamama, con toda su fuerza y poder, le dijo a Andrés que ahí estaban sus ancestros. Fue así como decidió construirse su casa justo ahí, en Valle Edén, al lado de la carretera. Y fue así como, ahora, después de seis años, la policía advierte a Andrés que no puede construir ahí porque está demasiado cerca de la ruta y es ilegal. “A mí me da igual, ya pueden venir diez policías de esos, que yo tengo a mis serpientes y mis ancestros. ¡Voy a luchar con flechas porque soy charrúa! ¡Y si tengo que morir, moriré aquí porque esta es mi tierra!”, nos contaba Andrés muy alterado gesticulando con el bastón que parecía una serpiente en su mano.

Pero la única preocupación de Andrés ahora no es la policía. Tiene otra: las mujeres, que en Valle Edén escasean. Como todo aquél que vive en lugares turísticos, él también aprovecha la temporada alta para ligar. Andrés, en verano, suele ir al camping para conocer a las muchachas que hay en cada momento. “Una vez me enamoré muy fuerte de una. Yo sentía que tenía que ser mía y quería cortejarla”, nos contaba el charrúa. Lamentablemente, otro uruguayo se le adelantó. “Me enfadé y decidí gastarle una broma para que no volviera nunca más”. Andrés se pintó la cara y se vistió como un guaraní ancestral. Mientras la pareja se calentaba en una hoguera, él se acercó por detrás, agazapado, hasta sentir el olor del macho que, según él, le había robado la mujer. El otro percibió su presencia y giró de golpe. “¡Aaahhh!”, gritó, gritó, gritó. “Ha, ha, ha, ¡le di un susto de muerte!”, contaba Andrés retorciéndose de la risa.

La estadía en Brasil

Antes de encontrar su lugar en Valle Edén, Andrés había explorado el sur de Brasil, creyendo que las almas de sus ancestros podían estar ahí. Según nos contaba entró al país sin ningún tipo de identificación. O sea, en otras palabras, se coló. Conoció a jóvenes que buscaban su espiritualidad alejados de la civilización y se unió a ellos. En una ocasión quedó solo al cargo del campamento mientras los otros se iban diez días a la ciudad. “Un día noté que mi pierna se hinchaba. Tenía fiebre y mareos y no podía moverme”, decía Andrés refiriéndose a cuando le picó una araña. “Pero yo no podía morir ahí. ¡Sé que voy a morir, pero lo haré en mi tierra, con mis ancestros! Así que hice lo que debía”. Agarró un machete y se abrió la pierna entera hasta que empezó a salir pus y sangre a borbotones. “Perdí la conciencia y me desmayé durante muchas horas, casi muero”. Después de esa intensa experiencia, Andrés volvió a Uruguay. En la frontera tuvo problemas de nuevo. Primero, porque llevaba cuatro años ahí de ilegal; segundo, porque le encontraron debajo del pantalón una navaja de treinta centímetros. “¡Se la quedaron, los cabrones! Era de mi tío, me la dio justo antes de morir y tiene mucho valor sentimental para mí…” Por eso Andrés siente que va a volver a Brasil. Volver para luchar y recuperar lo que le pertenece.

El ombligo de Andrés

Al día siguiente volvimos a ver a Andrés. Esta vez era de día. Llevaba el pelo recogido en una coleta, un jersey ancho y rojo, unos pantalones anchos y marrones, y los pies descalzos. Iba acompañado, de nuevo, por el perro, la pipa y el bastón. Nos sentamos en la mesa, en la misma mesa, pero en no sé qué momento de la conversación decidimos movernos e ir a tomar algo al bar. Al único bar de Valle Edén. Ahí Andrés siguió con su historia.

Nos contaba que sus padres nunca dejaron de echarle de menos. Unos años después de su huida su madre decidió tomar cartas en el asunto: quería que su hijo volviera a casa. Entonces fue a una bruja que vive en el monte para pedirle algún remedio factible. “Entierra su cordón umbilical en tu jardín y así atraerás sus energías y regresará”, dijo la entendida. Y así hizo la madre. Y así atrajo a Andrés, que en un ritual chamánico sintió que tenía que regresar a su casa para solucionar unos asuntos. “¿Qué estás haciendo, mamá? ¿Qué hiciste con mi ombligo?”, preguntaba furioso ya en su casa. La madre, avergonzada, le confesó sus acciones. “¡Oh, no! ¿Cómo te atreves? ¡Devuélveme mi ombligo!”, decía Andrés escarbando con las manos en la tierra del jardín. “Yo no quería volver a mi casa, la ciudad me enferma, yo tengo que estar en la montaña para respirar bien, si no muero”, nos contaba. Al final la madre le devolvió el ombligo, resignada, sollozando. Y Andrés volvió descalzo a su hábitat natural. Satisfecho, realizado. Aunque parece ser que ambos llegaron a algún tipo de acuerdo, porque mientras bebíamos en ese único bar de Valle Edén empezó a sonar el politono de un móvil. Andrés se tocó los bolsillos del pantalón, hasta que lo encontró. Y con un “perdón, es mi madre” se alejó de la mesa, dejándonos estupefactos.

Guardián y protector de la casa
Guardián y protector de la casa

En el bar, después de atender su llamada, soltó por primera vez el bastón de serpiente. Fue para tomarse un chupito de caña. Uno… tras otro. Glup, glup, glup. La gran perdición de Andrés —además de las setas alucinógenas— es el alcohol. Entre vaso y vaso, chupito y chupito, empezó a llover. Andrés se levantó eufórico del taburete de la barra del bar y gritó mirando hacia el cielo —en este caso, el techo— “¡por favor, que salga el sol mañana!”. No entendimos su arrebato hasta que nos lo contó: en algunos lugares del mundo, después de una lluvia abundante y un posterior sol intenso, crecen en el estiércol de los rumiantes unos hongos alucinógenos llamados “cucumelos” (Psilocybe cubensis). Valle Edén parece ser uno de esos lugares. Y Andrés uno de sus conocedores. Y consumidores.

Después de la retahíla de chupitos, salimos fuera a tomar el aire. De repente, Andrés se puso a hablar en otro idioma. “Andodiabun, onkaiujhmar”, decía “buenos días, pueblo charrúa”. Nosotros le preguntamos si el idioma era guaraní. “¡Noooo! Soy charrúa, un guerrero”, nos contestó golpeándose en el pecho. Uruguay es el único país de América Latina que no reconoce la existencia de pueblos indígenas en la actualidad. Entre los historiadores prevalece, además, otra contradicción. Algunos creen que los charrúas nunca llegaron al territorio uruguayo. Conocimos a Julio Bonino, sacerdote de Tacuarembó —departamento en el que se encuentra Valle Edén— y nos negó varias veces la existencia de charrúas en la zona. Después descubrimos que la Iglesia católica consiguió evangelizar a las comunidades guaraníes. Pero nunca a los charrúas. Quizás por eso, tendenciosamente, defienden la única presencia de guaraníes en la zona. Y Andrés se considera el último charrúa de Uruguay, el guerrero representante de su pueblo ancestral.

La noche terminó cuando cerraron el bar. Andrés quería beber más y más, y quería fumar flores, y quería setas alucinógenas. Pero no había nada. En ese momento, quizás por resignación, quizás por borrachera, se levantó de la mesa donde nos conocimos, y sin soltar su bastón nos dio un abrazo, el de despedida. Giró sobre sí mismo y silbó al perro. Así se fue Andrés, corriendo descalzo bajo la lluvia, a pasos largos y seguros, camuflado en la oscuridad, entre la vegetación. Brincando ágil, sin miedos, como si el campo entero fuera su propia casa.

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